Que la economía boliviana atraviesa uno de sus peores momentos en décadas no es novedad. Los indicadores son claros: Desaceleración del crecimiento, proyecciones de crecimiento más conservadoras, una inflación que, parece, volverá a llegar a los dos dígitos, falta de dólares, falencias en el abastecimiento de hidrocarburos e incertidumbre generalizada son algunos de los elementos que apuntan a que nos encontramos ante algo más que coyuntural.
El problema de Bolivia, lejos de ser accidental (cambio climático, bloqueo de carreteras u obstaculización de préstamos en la Asamblea Legislativa), es estructural. El gobierno gasta más de lo que ingresa de manera sistemática. El dato del déficit fiscal para el año 2024 estaría rondando el 12% del PIB, una cifra que confirma la tendencia crónica del gobierno boliviano a gastar más de lo que ingresa. Según se observa en el siguiente gráfico, el déficit fiscal de Bolivia es el más elevado de entre las principales economías de la región.
El déficit importa
¿Por qué esto es relevante? Porque el déficit se ha estado financiando a través del Banco Central, mediante la emisión de bonos del Tesoro General. Esto se traduce en emisión monetaria que, a su vez, repercute en los niveles inflacionarios. Por ejemplo, la inflación acumulada durante el 2025 ya llegó al 5,95% para el mes de abril, lo que supone casi el 80% de la meta inflacionaria fijada por el gobierno a comienzos de año.
Otro problema que acarrea el déficit es el aumento de la deuda pública, misma que ya supera el 86% del PIB según datos del FMI y que supone un menor acceso a los mercados internacionales de deuda soberana, esto reflejado tanto en las actualizaciones que ha recibido la deuda boliviana por parte de calificadoras como S&P, Moody’s o Fitch Ratings.
Reglas fiscales para frenar el déficit
se pueden encontrar en el resto de los países. Es así como llegamos a la propuesta de las reglas fiscales, instrumentos legales que prohíben la aprobación de presupuestos que no logren un equilibrio entre ingresos y egresos estimados y que pueden encontrarse en países como Chile o Suiza.
En pocas palabras, el gobierno realiza proyecciones de sus ingresos y, a partir de esa cifra, elabora un presupuesto de egresos. Si el anteproyecto no cumple con el requisito de equilibrio presupuestario, son automáticamente rechazados. De este modo, las reglas fiscales fuerzan la disciplina en las autoridades encargadas de las finanzas públicas, reduciendo su poder discrecional a la hora de recurrir a déficits para financiar sus proyectos de gasto.
¿Cuál ha sido la experiencia de las reglas fiscales? Si observamos el caso de Suiza, un país que logró incorporar las reglas fiscales a su constitución a principios de siglo, veremos que, gracias a una diseñar su normativa que exige presupuestos superavitarios, es decir, que cuenten con ingresos mayores a sus egresos, han logrado reducir de manera sustancial su deuda pública. En el siguiente gráfico se compara la evolución de la deuda pública de Suiza y Bolivia.
Nótese que, durante el periodo 2007-2015, Suiza presentó una deuda superior a la boliviana; sin embargo, gracias a la aplicación de reglas fiscales, por un lado, y al gasto desmedido por el otro, la relación se ha invertido en la actualidad.
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Conclusión
En resumen, las reglas fiscales son una herramienta poderosa para evitar que los déficits crónicos pongan en jaque la economía, tal y como está sucediendo en Bolivia. Su discusión es hoy más necesaria que nunca y debería ser planteada como un recurso técnico y comprobado para estabilizar economías con problemas de gasto y sobreendeudamiento.
Las reglas fiscales ciertamente no son una panacea, pero son un componente fundamental en cualquier intento por poner en orden las finanzas del país.