En economía, como en cualquier otra disciplina con componentes empíricos, las estimaciones y proyecciones no son infalibles o inequívocas, pero claramente deben ser razonables, prudentes a la realidad ecónomica y ajustadas a criterios técnicos.
Analizando las proyecciones realizadas en el Presupuesto General del Estado (PGE) para 2025, el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas (MEFP) proyecta un crecimiento del 3,5% , y comparándolo con organismos internacionales, por ejemplo el FMI, la CEPAL y el Banco Mundial estiman tasas mucho más modestas: 1,1%, 2,2% y 1,2%, respectivamente.
La diferencia entre la estimación del Ministerio y la media de los organismos multilaterales es de más de dos puntos porcentuales. Esta brecha no es un mero tecnicismo: tiene implicaciones fiscales, institucionales y macroeconómicas.
Los peligros de estimar mal
Cuando una administración pública infla la proyección del crecimiento del PIB, está inflando implícitamente sus expectativas de ingresos (corrientes, financieros y de capital) En el PGE 2025 el ingreso corriente estimado es en total del 59,1%, en la que dentro de la misma se encuentran los ingresos de operación que es del 22,9% del cual YPFB es la empresa pública representante, pero partiendo desde ahí se ve una gran discrepancia con la realidad actual.
Proyectar un 3,5 % de crecimiento cuando la realidad puede estar más cerca del 1,5 % significa estructurar un Presupuesto General del Estado (PGE) sobre una base irreal. El resultado es visible e inevitable déficits mayores a los previstos, necesidad de mayor endeudamiento y el impago de obligaciones internas.
Cabe recalcar que una vez realizada la proyección de ingresos, estos son distribuidos entre las diferentes entidades (Municipios, Gobernaciones, Universidades, entre otros) para que posteriormente realicen la programación de su gasto.
Además, la sobreestimación del PIB tiende a subestimar el déficit estructural. Un crecimiento artificialmente alto reduce la percepción de la brecha entre el PIB real y el potencial, lo que lleva a evaluar erróneamente que el déficit es más temporal (cíclico) que estructural.
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Conclusión
Las proyecciones macroeconómicas que sirven de base para elaborar el Presupuesto General del Estado deben ser consistentes con la evidencia disponible y con los escenarios realistas de la economía , sin tener un sesgo sistemático de sobreoptimismo fiscal. Sobreestimar el crecimiento del PIB lleva a sobreestimar los ingresos esperados y a subestimar el déficit estructural. Además, altera la evaluación del espacio fiscal disponible, lo que puede inducir a mantener niveles de gasto público que no son sostenibles bajo escenarios de crecimiento más realistas.
Desde una perspectiva de sostenibilidad fiscal, este tipo de inconsistencias deteriora la veracidad y realismo del marco presupuestario, incrementa el riesgo país y puede dificultar el acceso al financiamiento externo – como se pudo observar los últimos años en Bolivia-.
En síntesis, la planificación fiscal debe basarse en supuestos prudentes, técnicamente justificables y coherentes con la evolución estructural de la economía. Cualquier desviación deliberada respecto a estas condiciones implica un aumento del riesgo fiscal, y compromete la estabilidad macroeconómica futura.