Digno de un Nobel
El economista Thomas Sowell cumplió 95 años hace unas semanas. Aunque sus aportes son numerosos y variados, no se puede dejar de destacar sus contribuciones al análisis económico de fenómenos sociales como la discriminación, cuestiones raciales, la discriminación positiva y otras políticas identitarias.
Aunque esta línea de investigación suya sería suficiente para valerle un Nobel –en cuanto obras como Discrimination and Disparities o Social Justice Fallacies nos obligan a replantearnos por completo lo que creíamos saber sobre dichas políticas, en esta entrada nos centraremos en otro de sus aportes: Volver a la economía una ciencia accesible.
De la economía básica a la aplicada
El lector tal vez esté familiarizado con su obra “Economía Básica”, donde el autor presenta los razonamientos fundamentales de todo interesado en introducirse en la ciencia económica, desde el funcionamiento del sistema de precios y los mercados, hasta el marcado laboral, pasando por el comercio internacional.
El libro comienza con un mensaje contundente: la economía, como sentenció Lionel Robbins, es gira en torno al concepto de escasez. En el jardín del Edén, no sería necesario economizar, y por tanto no hablaríamos de economía. Y aunque el libro cumple con su objetivo de ofrecer una mirada general e introductoria de la economía, difícilmente uno puede darse por servido con su lectura.
No en vano el autor publicaría un segundo libro, titulado “Applied Economics”. El subtítulo es sugestivo: “Pensando más allá de la etapa uno”, y me parece acompaña la siguiente anécdota de Sowell. El autor menciona que, cuando todavía era un estudiante en la Universidad de Harvard, un profesor suyo, Arthur Smithies, le consultó su parecer sobre una política en particular. Sowell respondió de inmediato, explicando las consecuencias positivas de dicha medida. La respuesta de Smithies fue contundente: “¿Y qué pasará después?”.
Sowell pronto cayó en cuenta de que su política tendría consecuencias, mismas que procedió a describir con detalle. Smithies insitió: “¿Y qué pasará después de eso?”. A medida que Sowell respondía, enumerando las consecuencias esperadas de dicha intervención, lentamente caía en cuenta de que entre ellas se encontraban muchas que eran poco deseables. Al cabo de unos minutos, Sowell se encontraba enumerando consecuencias negativas que se desprendían de una política que, inicialmente, le había parecido bastante favorable.
He aquí la importancia de pensar más allá de la etapa uno en economía. El político, por lo general, suele quedarse estancado en la etapa uno del razonamiento económico. Tomemos por ejemplo la medida de congelar los precios de los alquileres. La medida parte de una buena intención: volver la vivienda un bien más accesible. El efecto inmediato es esperable y evidente, a saber, la reducción del precio de los alquileres, lo que ahora permitirá que una mayor cantidad de personas puedan acceder a su propio hogar. ¿Qué podría salir mal?
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Un ejemplo
El buen economista, aquel que es capaz de pensar en las consecuencias y las consecuencias de las consecuencias, pronto identifica el error: Un menor precio hará que la demanda de viviendas aumenta, pero la oferta no ha variado, al contrario, cabe esperar que se reduzca, por cuanto los tenedores de viviendas pueden juzgar que el nuevo precio de alquiler fijado por el gobierno convierte su actividad en una que no es rentable. Pero las consecuencias negativas no se detienen ahí.
Dado que la oferta de viviendas es rígida, al contar con una cantidad limitada de viviendas, los dueños de estas pueden reducir su calidad sin esperar consecuencias. Los dueños de pisos pueden dejar de mantenerlas y cuidarlas pues, a este nuevo precio y con unidades contadas en el mercado, es más que seguro que encontrará un interesado en seguir pagando el nuevo alquiler reducido, aunque se trate de una vivienda en peores condiciones.
Por si fuera poco, esta configuración de escenarios genera las condiciones para que surja un mercado negro, donde ofertantes y demandantes acuerdan pagar precios más elevados que los fijados centralmente. Ahora el que demandaba un alquiler terminará pagando el mismo precio, o uno mayor, corriendo el riesgo de sufrir una multa, riesgo al que el dueño del alquiler también está expuesto.
Una política en apariencia tan inofensiva como el control de alquileres, que apuntaba a volver accesible la vivienda, terminó destruyendo por completo el mercado que buscaba proteger. Ahora la vivienda se comercializa a un precio mayor en el mercado negro, en menores cantidades y con una calidad inferior a la que se encontraba inicialmente. ¿Cuál será el siguiente paso del político?
Si nuestro político se quedó estancado en la etapa uno del razonamiento económico, no debería sorprendernos que lo haga de nuevo. En la urgencia por “hacer algo”, esa predisposición a corregir cualquier situación considerada indeseable por medio de la intervención política, lo forzará, por ejemplo, a ejercer controles más férreos, por ejemplo, prohibiendo el destino de los pisos en alquiler a turistas o forzando a los tenedores de vivienda a alquilarlas incluso cuando éstos no quieran. Las consecuencias seguirán siendo las mismas, léase, todavía más distorsiones y perjuicios para los consumidores.
¿Y Bolivia?
Hoy Bolivia está enfrascada en un dilema. O sus autoridades comprenden que el ajuste fiscal, la reducción drástica y decidida del gasto público, es una condición necesaria para que la crisis pueda solucionarse, o nos condenamos a que las mismas políticas de gasto desmedido profundicen una crisis que era perfectamente evitable. Se trata, una vez más, de pensar más allá de la etapa uno.
El recortar el gasto público tiene impactos negativos en el corto plazo. Pensemos que hablamos de cerrar empresas públicas o levantar la subvención a los hidrocarburos. La austeridad golpeará a muchos negocios pequeños, aumentará el número de pobres y los precios aumentarán, entonces, ¿quién podría apoyar un tipo de medidas así?
Aquí damos un paso más y nos preguntamos, como Smithies lo hizo con Sowell, ¿qué pasará después? Claro, que el gobierno reduzca su gasto en 10% del PIB destruirá muchos empleos, pero con una reforma laboral que flexibilice las condiciones de contratación y despido, éstas podrán ser reabsorbidas por nuevas empresas. Que empresas entonces ineficientes cierren permitirá que el capital sea recolocado en sectores más productivos, y dado que los aumentos de la productividad están vinculados a mejores salarios, las perspectivas de los antes desempleados mejoran.
La reducción del gasto supone dejar de emitir para financiar el déficit, lo que la oferta de bolivianos dejará de crecer de manera descontrolada, muy por encima de la producción de la economía. El balance del Banco Central dejaría de degradarse con bonos del Tesoro General, lo que supondría que sus pasivos, los bolivianos que usan las familias para sus transacciones diarias, ya no perderían valor frente de manera constante. La inflación, luego, quedaría controlada una vez se aplique un férreo mecanismo de control del gasto y la emisión monetaria.
Al contrario de lo que sucedía con Sowell, hemos partido de una política que, de buenas a primeras, parece un desastre, pero nos conduce, por medio del pensar más allá de la etapa inicial, a una situación más favorable. Juzgar una política pública por la inmediatez de sus resultados puede ser engañoso. Tomar agua ante el llamado de la imperiosa sed puede parecer lógico, hasta que caemos en cuenta de que se trata de agua de mar.
Conclusión
En los tiempos que corren se ha convertido de una constante el combatir los males de las políticas intervencionistas con más intervencionismo. Resulta anecdótico cómo a los precios elevados por una sobreregulación de la actividad económica se los combate con controles de precios, racionamiento y empresas públicas de alimentos, en lugar de plantearse si la solución no pasa, más bien, por eliminar la regulación que, en primer lugar, causó tal situación.
Esperemos que la racionalidad económica, el pensar más allá de la etapa uno, se conviertan poco a poco en un hábito para nuestras autoridades y los ciudadanos que les votan, a fin de que los primeros no se enfusquen en políticas que no funcionan, y que los últimos no se les aplaudan entusiasmados cuando las escuchen. Si algo está claro, es que todos podemos pensar mejor la economía de la mano de Sowell.
Referencias
Sowell, T. (2021). Applied economics: Thinking beyond stage one (3ra ed.). Basic Books.