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POLÍTICA Y SOCIEDAD

¡Los mercados funcionan!

El desprecio al comercio es tan antiguo como recurrente, pero fue la rehabilitación cultural del comerciante la que hizo posible la Revolución Industrial y el salto en los niveles de vida.

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¡Los mercados funcionan!

Ser anticapitalista está de moda. Aunque fenómenos como el de Milei parezcan indicar lo contrario, la oposición al libre mercado vive uno de sus puntos más altos. Actores como Zohran Mamdani y su discurso socialista han ganado relevancia, y no se trata de algo aislado.

Un estudio publicado en Nature en 2014 mostró que Karl Marx sigue siendo uno de los veinte autores más citados en Google Scholar, con más de 40 000 referencias, junto a nombres como Paulo Freire, Michel Foucault y Pierre Bourdieu. La crítica al capitalismo, por tanto, no solo persiste: se renueva.

Sin embargo, la oposición al comercio no es nueva. A lo largo de la historia, la actividad mercantil ha sido vista con recelo o desprecio. En la antigua Grecia, dedicarse al comercio era indigno de un hombre libre; los espartanos incluso usaban una moneda de cobre inútil fuera de su territorio para desincentivar el intercambio. Durante la Edad Media, la Iglesia condenó el cobro de intereses y la búsqueda de ganancia, hasta el punto de que, como muestra Mitchell McCormick, la palabra “comercio” casi desapareció de los textos europeos.

Con el surgimiento de los Estados modernos y las monarquías absolutistas, el panorama no mejoró: el mercantilismo confundía el proteccionismo con el patriotismo. Aun así, desde el siglo XI el comercio avanzaba por su cuenta. Los mercaderes hallaban formas ingeniosas de cobrar intereses pese a la prohibición e inventaban mecanismos de seguro y financiamiento para costear expediciones marítimas. La técnica y la audacia abrían paso a una nueva clase social, aunque todavía despreciada.

Hacia los siglos XVII y XVIII, una revolución intelectual —más retórica que política— comenzó a rehabilitar la figura del comerciante. Holanda fue pionera, seguida por Inglaterra y Escocia. La Bolsa de Ámsterdam, los escritos de Hutcheson y Smith y la ética burguesa descrita por McCloskey marcaron el cambio. El comercio dejó de ser un pecado para convertirse en una fuente de virtudes: trabajo, prudencia, previsión y cooperación.

Sin esta transformación cultural, la Revolución Industrial habría sido imposible. El ejemplo de James Watt, que debió refugiarse en la Universidad de Glasgow para desarrollar su máquina de vapor, muestra cómo la libertad intelectual y económica estaban entrelazadas. La innovación prosperó porque cambió la manera de hablar y pensar sobre el beneficio.

Los resultados fueron visibles: los niveles de vida en los Países Bajos e Inglaterra comenzaron a crecer, mientras Asia —aun con ventaja tecnológica— permanecía estancada por la falta de libertad comercial. Tras las guerras napoleónicas, Europa experimentó aumentos de salarios, mayor esperanza de vida y una reducción progresiva del trabajo infantil.

El siglo XIX consolidó la divergencia. Las colonias americanas heredaron las ideas liberales de Locke y las aplicaron a su propia independencia. Estados Unidos elevó la dignidad del comerciante al nivel del ciudadano libre. Durante gran parte del siglo, la ética burguesa se expandió y moldeó la mentalidad de las élites intelectuales.

Pero la historia del comercio nunca ha estado libre de críticas. Hoy, como en otros momentos, el anticapitalismo reaparece. Cambian los nombres y los contextos, pero el fondo es el mismo: la vieja desconfianza hacia quienes, con ingenio y esfuerzo, crean valor y prosperidad. Los resultados, en cambio, nos dejan algo bastante claro: ¡los mercados funcionan!

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Retrato de Oscar Mario Tomianovic
Oscar Mario Tomianovic Economista e investigador

Investigación y análisis independiente sobre economía y políticas públicas en Bolivia.

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