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CRECIMIENTO ECONÓMICO

La riqueza de las naciones cumple 250 años

En 1776 Adam Smith se preguntó por qué unas naciones son ricas y otras pobres. Doscientos cincuenta años después, los datos muestran el salto más grande de la historia humana y todo lo que trajo consigo

14 min de lectura
La riqueza de las naciones cumple 250 años

El 9 de marzo de 1776 salió a la venta en Londres un libro en dos tomos, escrito por un filósofo moral nacido en Escocia: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Su autor, Adam Smith, se había hecho la pregunta fundamental de la disciplina económica: ¿por qué unas naciones son ricas y otras pobres, y qué hace crecer la riqueza?

Su primer paso fue cambiar la definición de riqueza. Para los mercantilistas de su tiempo, un país era rico si acumulaba oro y plata. Smith empieza su libro con otra idea: la riqueza de una nación es lo que produce su trabajo cada año, y un país está mejor o peor provisto según la proporción entre ese producto y «el número de los que han de consumirlo». Smith se refería así, de forma todavía incipiente, a lo que hoy conocemos como la renta per cápita.

Qué es el PIB y por qué lo dividimos por persona

El producto interno bruto (PIB) es el valor de todos los bienes y servicios finales que se producen en un país durante un año: los alimentos, las casas, los viajes, las consultas médicas, las clases. Dividido entre la población da el PIB per cápita: lo que en promedio produce, y por lo tanto puede consumir, cada habitante.

Para comparar países y siglos hacen falta dos ajustes. El primero quita la inflación, midiendo todo a precios de un mismo año (lo que los economistas solemos llamar medir las cosas «en términos reales»). El segundo corrige el costo de vida, porque un dólar no compra lo mismo en Cochabamba que en Londres: la paridad de poder adquisitivo (PPA) valora lo que produce cada país con los mismos precios. Con registros de salarios, precios, cosechas y censos, el Proyecto Maddison de la Universidad de Groningen reconstruyó estas cifras varios siglos hacia atrás.

Seguramente hay varias críticas razonables del PIB y del papel que ha desempeñado en la orientación de la política económica. Estas razones también incluyen interrogantes acerca de cuán complicada se ha convertido la construcción estadística del PIB, y de lo que semejante abstracción compleja puede significar. Diane Coyle repasa esa historia y esas críticas en GDP: A Brief but Affectionate History (2014). Pero el PIB también es, como trataré de demostrar, una medida importante de la libertad y la capacidad humana creadas por la economía capitalista de mercado. El PIB indica, aunque de manera imperfecta, innovación y posibilidad humana. Y es una medida importante de nuestra creatividad y de nuestra preocupación por los demás en una economía basada cada vez más en servicios intangibles.

Más allá de las habituales críticas sobre si el PIB dice algo acerca de la distribución del ingreso, o sobre cómo incorpora el impacto ambiental y el trabajo doméstico, existe una crítica menos conocida pero especialmente interesante: que el PIB puede subestimar los enormes incrementos de bienestar asociados a las grandes revoluciones tecnológicas. Pensemos, por ejemplo, en cómo la inteligencia artificial está transformando nuestras vidas a un costo cercano a cero para el usuario y, por tanto, sin que buena parte de ese aumento de bienestar quede reflejado en el PIB.

El palo de hockey

Durante más de cinco siglos, el ingreso por persona de Inglaterra apenas se movió. En 1252 era de 1.320 dólares (a precios de 2011 y en PPA) y en 1776, el año del libro, de 2.962: en 524 años se había multiplicado por 2,2. En 2022 llegó a 38.407, trece veces lo que era cuando Smith publicó su afamado libro. El mundo, que en 1820 producía 1.128 dólares por persona, llegó a 16.677 en 2022: casi quince veces más en dos siglos. Esa curva, plana durante siglos y casi vertical al final, es lo que los economistas llaman el palo de hockey del crecimiento económico.

Smith escribía justo antes del despegue, y sus observaciones resisten los datos. Anotó que la provincia de Holanda era, en proporción a su territorio y a su gente, «un país más rico que Inglaterra»: en 1776 su ingreso por persona era 1,5 veces el inglés. También escribió que China había sido «uno de los países más ricos» del mundo, pero que parecía «haber estado estacionaria» desde hacía mucho. Según Maddison, su ingreso por persona era de 1.225 dólares en el año 1000 y de 882 en 1820.

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¿Por qué usamos logaritmos?

En una escala común, o lineal, cada tramo del eje vertical suma la misma cantidad de dólares. Para mirar el crecimiento eso engaña al ojo: pasar de 1.000 a 2.000 dólares parece un detalle al lado de pasar de 20.000 a 40.000, y sin embargo en los dos casos el ingreso se duplicó. Por eso el primer gráfico aplasta siete siglos contra el piso.

La escala logarítmica reparte el eje de otra manera: cada línea de la grilla multiplica el ingreso por diez (1.000, 10.000, 100.000). Así, la misma distancia vertical significa siempre el mismo porcentaje de crecimiento, y la inclinación de la línea es la tasa de crecimiento: una recta es un crecimiento constante, y una línea que se empina es una economía que acelera el ritmo al que aumenta su capacidad de producir bienes y servicios.

En logaritmos aparece lo que el primer gráfico escondía: el cambio de tendencia. Entre 1252 y 1776, el ingreso inglés creció en promedio 0,15 % por año; a ese ritmo tardaba unos 450 años en duplicarse. Desde 1820 creció 1,2 % por año y se duplicó cada 57 años. Smith ya había entendido que eso es lo decisivo: «no es la magnitud actual de la riqueza nacional, sino su continuo aumento, lo que ocasiona un alza en los salarios del trabajo».

El mismo gráfico muestra el lado menos feliz de la historia. En 1950, el ingreso por persona de Bolivia era casi el promedio mundial (el 90 %); en 2022 equivalía al 39 %. El mundo aceleró y Bolivia no. Lant Pritchett llamó a este fenómeno Divergence, Big Time, «divergencia a lo grande» (1997): entre 1870 y 1990, el ingreso de los países más ricos pasó de ser unas 9 veces el de los más pobres a ser 45 veces.

Qué encendió el despegue

En septiembre, Oded Galor publicó en el NBER un trabajo preparado para los 250 años del libro, The Wealth of Nations: Origins of Prosperity and Seeds of Inequality, donde resume su teoría del crecimiento unificado. Durante casi toda la historia rigió la trampa malthusiana: cada mejora técnica se traducía en más gente y no en más ingreso por persona. Galor lo llama una «era de hielo económica».

La salida la abrieron unas «ruedas del cambio» que giraron despacio durante milenios: más población generaba más ideas, y más ideas sostenían a más población. Con la Revolución Industrial, la tecnología empezó a premiar la educación; las familias invirtieron más en cada hijo y tuvieron menos hijos (la transición demográfica), y desde entonces la productividad se convierte en ingresos más altos y no solo en más bocas que alimentar. Para Galor, la desigualdad entre naciones se explica sobre todo por el momento en que cada una salió del estancamiento, y ese momento dependió de raíces profundas: las instituciones, la cultura, la geografía y la historia colonial.

El crecimiento económico es un campo de profundo debate, con muchos sospechosos posibles. Lo que sigue es un resumen, no exhaustivo, de una pregunta que ha motivado a las mentes más brillantes de nuestra disciplina.

Innovación y dinamismo empresarial. El Nobel de Economía de 2025 premió a Joel Mokyr por identificar las condiciones del progreso técnico sostenido, y a Philippe Aghion y Peter Howitt por su teoría de la destrucción creativa (1992): la economía crece cuando las empresas que innovan desplazan a las que se quedan atrás. William Baumol mostró que el talento emprendedor existe en todas partes, pero que las reglas de juego deciden si se dedica a crear riqueza o a capturarla (1990).

Ideas y capital. Para Paul Romer, las ideas pueden usarlas muchos a la vez sin que se agoten, y por eso sostienen un crecimiento sin techo (1990). Gregory Mankiw, David Romer y David Weil mostraron que el ahorro y el capital humano explican buena parte de las diferencias de ingreso entre países (1992).

Instituciones. Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson, Nobel de 2024, rastrearon la brecha entre países hasta las instituciones que dejó la colonización (2001), y Dani Rodrik y sus coautores concluyeron que, frente a la geografía y el comercio, «las instituciones mandan» (2004). El comercio, con todo, tiene un efecto grande y positivo sobre el ingreso según Jeffrey Frankel y David Romer (1999).

Libertad económica y política. Joshua Hall y Robert Lawson revisaron 198 estudios sobre el índice de Libertad Económica del Mundo: más de dos tercios la asocian con un buen resultado —más crecimiento, mejor nivel de vida, más felicidad— y menos del 4 % con uno malo (2014). Acemoglu y sus coautores estimaron que una democratización eleva el PIB per cápita en torno a 20 % en el largo plazo (2019).

Educación y cultura. Lant Pritchett se preguntó adónde se había ido toda la educación (2001), porque más años de escuela no se tradujeron en más crecimiento; Eric Hanushek y Ludger Woessmann respondieron que lo que cuenta es lo que efectivamente se aprende (2008). Y Luigi Guiso, Paola Sapienza y Luigi Zingales reunieron la evidencia de que la confianza y los valores afectan los resultados económicos (2006).

Ninguna de estas explicaciones excluye a las demás, y el debate sigue abierto.

Lo que el crecimiento hizo posible

Lo que Smith llamó la «opulencia universal que se extiende hasta las clases más bajas del pueblo» se puede medir. En 1820, tres de cada cuatro personas del mundo vivían en pobreza extrema; en 2018, una de cada diez. En 1800, 43 de cada 100 niños morían antes de cumplir cinco años; en 2024, menos de 4. En 1820, 88 de cada 100 adultos no sabían leer ni escribir; hoy son 12. Y la esperanza de vida mundial, que en 1770 era de 28,5 años, llegó a 73,2 en 2023.

El ingreso y el bienestar

El último gráfico ubica a cada país según su ingreso por persona, en el eje horizontal y en escala logarítmica, frente a diez indicadores que se eligen con los botones, de la esperanza de vida a las emisiones de CO₂. Cada burbuja es un país; su tamaño es la población y su color, la región del mundo según la clasificación de Maddison.

Sobre el gráfico se lee la correlación de cada indicador con el ingreso, un número entre −1 y 1: cuanto más cerca de un extremo, más estrecha es la relación. Es de 0,86 para la esperanza de vida, de 0,82 para la escolaridad y de 0,79 para la satisfacción con la vida, y es negativa y casi igual de fuerte para la mortalidad de los niños (−0,78), la pobreza extrema (−0,77), el hambre (−0,73) y la mortalidad materna (−0,71). En los 20 países más pobres la gente vive en promedio 63 años y mueren 388 madres por cada 100.000 nacimientos; en los 20 más ricos, 82 años y 11 madres. El Índice de Desarrollo Humano va casi de la mano del ingreso (0,95), en parte porque lo incluye. Con las horas de trabajo la relación es más débil (−0,36): en los países ricos se trabaja menos, pero con muchas excepciones.

El crecimiento también tiene costos, y se pueden medir. Las emisiones de CO₂ por persona suben con el ingreso (0,61). Pero no es un destino: el Reino Unido, donde empezó el palo de hockey, emitía 11,8 toneladas por persona en 1971 y 4,5 en 2024, mientras su ingreso por persona se multiplicaba por 2,2 entre 1971 y 2022.

La gran pregunta, 250 años después

A muchas personas les parece excesivamente simplificador que algunos economistas tengamos una obsesión por el crecimiento económico. Quizás esta fecha nos permita argumentar que en las sociedades prósperas la gente obtiene medicamentos básicos, tiene comida y techo, y puede compartir momentos gratos con sus seres amados. La economía no lo es todo, pero es una parte fundamental de muchas cosas que nos importan en la vida. Hay muchos problemas en el mundo y en nuestro país que merecen nuestra atención, pero pensar en la riqueza de las naciones es prioritario, diría incluso vital, en un mundo que, con su mentalidad de suma cero, parece más preocupado por las cuestiones distributivas.

Robert Lucas, Nobel de Economía en 1995, reflexionaba sobre este asunto hace más de veinte años, en un ensayo sobre la Revolución Industrial:

De las tendencias perjudiciales para una economía sólida, la más seductora, y en mi opinión la más tóxica, es centrarse en cuestiones de distribución. En este preciso instante, un niño nace en una familia estadounidense y otro, igualmente valorado por Dios, nace en una familia india. Los recursos de todo tipo que estarán a disposición de este nuevo estadounidense serán del orden de 15 veces los recursos disponibles para su hermano indio. Esto nos parece una terrible injusticia, que justifica medidas correctivas directas, y quizás algunas medidas de este tipo puedan y deban tomarse. Pero del enorme aumento del bienestar de cientos de millones de personas que se ha producido en los 200 años de la revolución industrial hasta la fecha, prácticamente nada puede atribuirse a la redistribución directa de recursos de ricos a pobres. El potencial para mejorar la vida de los pobres mediante la búsqueda de diferentes maneras de distribuir la producción actual no es nada comparado con el potencial aparentemente ilimitado de aumentar la producción.

Referencias

  1. Smith, A. (1776). An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Londres: W. Strahan y T. Cadell. Edición digital del Proyecto Gutenberg. ↗
  2. Galor, O. (2026). «The Wealth of Nations: Origins of Prosperity and Seeds of Inequality». NBER Working Paper 35799, septiembre. ↗
  3. Bolt, J. y van Zanden, J. L. (2024). «Maddison-style estimates of the evolution of the world economy: A new 2023 update». Journal of Economic Surveys, 39, 631-671. ↗
  4. Broadberry, S., Campbell, B. M. S., Klein, A., Overton, M. y van Leeuwen, B. (2015). British Economic Growth, 1270–1870. Cambridge: Cambridge University Press. ↗
  5. Van Zanden, J. L. y van Leeuwen, B. (2012). «Persistent but not consistent: The growth of national income in Holland 1347–1807». Explorations in Economic History, 49, 119-130. ↗
  6. Herranz-Loncán, A. y Peres-Cajías, J. A. (2016). «Tracing the reversal of fortune in the Americas: Bolivian GDP per capita since the mid-nineteenth century». Cliometrica, 10, 99-128. ↗
  7. Feenstra, R. C., Inklaar, R. y Timmer, M. P. (2015). «The Next Generation of the Penn World Table». American Economic Review, 105(10), 3150-3182. Datos: Penn World Table 11.0. ↗
  8. Moatsos, M. (2021). «Global extreme poverty: Present and past since 1820». En OCDE, How Was Life? Volume II: New Perspectives on Well-being and Global Inequality since 1820. París: OECD Publishing. ↗
  9. Van Zanden, J. L. et al. (eds.) (2014). How Was Life? Global Well-being since 1820. París: OECD Publishing. ↗
  10. Banco Mundial (2026). Indicadores del Desarrollo Mundial, actualización del 13 de julio. ↗
  11. PNUD (2025). Informe sobre Desarrollo Humano 2025: series de los índices compuestos. ↗
  12. Wellbeing Research Centre (2026). World Happiness Report 2026. Universidad de Oxford. ↗
  13. Our World in Data: series de pobreza extrema de largo plazo, mortalidad infantil, alfabetización y satisfacción con la vida. ↗

Nota sobre los datos. El ingreso de largo plazo es el del Maddison Project Database 2023, en dólares internacionales de 2011; para el mundo se usan solo las fechas que el proyecto estima. Las series mundiales de pobreza extrema, mortalidad antes de los cinco años y alfabetización son las de largo plazo de Our World in Data; la de alfabetización enlaza fuentes distintas, y su tropiezo alrededor de 1950 debe leerse con cautela. El gráfico de burbujas usa el PIB per cápita de 2024 del Banco Mundial, en dólares internacionales de 2021, y el último dato de cada indicador, cuya fuente figura al pie del gráfico; las emisiones de CO₂ no incluyen la deforestación. Las correlaciones se calculan con el logaritmo del PIB per cápita; las líneas de tendencia se ajustan sobre ese mismo logaritmo con la forma que corresponde a cada indicador (lineal, cuadrática o exponencial), y la sombra es su banda de confianza del 95 %. Las citas de Smith y de Lucas son traducción propia.

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Retrato de Carlos Aranda
Carlos Aranda Jefe de Proyectos

Investigación y análisis independiente sobre economía y políticas públicas en Bolivia.

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