Saltar al contenido
SECTOR MONETARIO

La fragilidad monetaria en Bolivia: Las señales que se pasaron por alto

Antes de aparecer en los precios, la tensión monetaria se delató en la caída de reservas y en la creciente exposición del Banco Central al sector público.

5 min de lectura
La fragilidad monetaria en Bolivia: Las señales que se pasaron por alto

Durante mucho tiempo, una parte importante de la discusión pública sobre estabilidad monetaria en Bolivia tendió a concentrarse casi exclusivamente en la inflación. Mientras el índice de precios no mostrara un deterioro abrupto, podía sostenerse la impresión de que el frente monetario seguía razonablemente bajo control. Pero esa lectura era incompleta. La fragilidad monetaria no apareció primero en el IPC. Se manifestó antes en otras variables menos visibles para el debate cotidiano, pero mucho más reveladoras sobre la calidad real del equilibrio macroeconómico.

La razón es sencilla. En una economía con tipo de cambio fijo o fuertemente administrado, con subsidios que amortiguan precios relativos y con uso intensivo de reservas para sostener el esquema, las tensiones pueden acumularse sin traducirse de inmediato en inflación abierta. Eso no significa que no existan. Significa que están apareciendo en otro lugar. En el caso boliviano, ese “otro lugar” fue, primero, el deterioro de la posición externa y, luego, la creciente exposición del balance del Banco Central.

Primera señal: Las reservas

La señal más clara fue la caída sostenida de las reservas internacionales. En los años de auge, ese colchón externo había permitido combinar estabilidad cambiaria, holgura fiscal y baja presión inmediata sobre la autoridad monetaria. Pero una vez terminado el ciclo favorable de los hidrocarburos, el cuadro cambió. Las reservas, que habían alcanzado 67,2% del PIB en 2012, descendieron hasta 4,9% del PIB en 2024. Ese movimiento no fue un simple dato contable. Indicó que el país estaba usando una parte creciente de su respaldo externo para sostener un esquema macroeconómico cada vez más exigido.

Ese deterioro ocurrió, además, junto con el empeoramiento del entorno fiscal y financiero. Tras el shock hidrocarburífero de 2014, Bolivia perdió una parte sustantiva del ingreso externo que había servido como base del equilibrio previo. A la vez, el financiamiento en mercados internacionales se volvió más caro y más difícil. El resultado fue una presión creciente sobre los mecanismos internos de ajuste. Como el tipo de cambio no absorbía esa presión mediante una corrección nominal, el costo se trasladó hacia reservas, financiamiento doméstico y balance del Banco Central.

Por eso, leer la estabilidad monetaria únicamente a través de la inflación llevaba a subestimar el problema. El frente externo ya estaba mostrando que la economía había dejado atrás la etapa de abundancia. La pérdida de reservas era, en los hechos, una advertencia temprana: el sistema seguía funcionando, pero lo hacía consumiendo márgenes de maniobra que no eran infinitos.

Segunda señal: El balance del Banco Central

La segunda señal fue todavía más importante: la fragilidad comenzó a trasladarse al propio Banco Central. A medida que el deterioro fiscal y externo se volvió persistente, una parte creciente de esa presión terminó siendo absorbida por el BCB mediante crédito al sector público y otros canales de balance. En términos simples, lo que antes podía cubrirse con ingresos externos, financiamiento menos costoso o mayor holgura macroeconómica empezó a recaer sobre la institución monetaria.

Ese punto es decisivo porque muestra que la fragilidad monetaria no comienza solamente cuando suben los precios. Puede comenzar antes, cuando el Banco Central pasa de ser un resguardo de estabilidad a convertirse en amortiguador del desequilibrio fiscal y externo. En Bolivia, la evidencia disponible indica justamente ese desplazamiento. La absorción de presión por parte del BCB aumentó de manera marcada después de 2014, en paralelo con el deterioro de balances fiscales, la menor disponibilidad de financiamiento externo y la caída de reservas.

A esto se suma otro elemento que suele pasar desapercibido: no todo ese proceso operó vía señoreaje. Es decir, no se trató simplemente de un aumento mecánico de la inflación como resultado de “imprimir dinero”. Una parte sustantiva del costo se concentró en el deterioro del balance del Banco Central. El financiamiento monetario, en este caso, fue más amplio y más complejo que la expansión visible de billetes o de la base monetaria. Eso ayudó a contener por un tiempo la señal inflacionaria directa, pero al precio de debilitar la fortaleza financiera de la autoridad monetaria.

En otras palabras, la inflación podía seguir relativamente contenida mientras la fragilidad avanzaba por canales menos inmediatos: menor respaldo externo, mayor exposición del Banco Central y reducción del espacio para sostener el esquema sin costos futuros. Por eso, cuando se observa el período reciente, la secuencia relevante no es “primero subió la inflación y luego aparecieron los problemas”, sino casi la inversa: primero se erosionaron los fundamentos de respaldo y recién después comenzó a hacerse más evidente el carácter frágil del arreglo monetario.

¿Te interesa este análisis?

Recibe nuestras publicaciones directamente en tu correo. Sin spam, solo contenido de calidad.

Lecciones sobre estabilidad monetaria

La principal lección es que una inflación baja no basta para diagnosticar solidez monetaria. Puede haber estabilidad aparente en precios al mismo tiempo que se reduce la capacidad del país para sostener su régimen cambiario, financiar sus desequilibrios y preservar la autonomía de su Banco Central. En ese contexto, reservas, acceso a financiamiento, patrimonio del Banco Central y composición del ajuste se vuelven indicadores más tempranos y más informativos que el IPC por sí solo.

Esto importa también desde una perspectiva institucional. Si la fragilidad aparece antes en el balance del Banco Central que en la inflación, entonces esperar una aceleración visible de precios para reconocer el problema equivale a llegar tarde. Para cuando la inflación se convierte en el síntoma principal, parte del deterioro previo ya ocurrió: reservas agotadas, menor credibilidad, menos margen operativo y más dependencia de mecanismos extraordinarios de financiamiento.

Por eso conviene cambiar el punto de observación. La pregunta no debería ser solo si la inflación sigue baja, sino también dónde se está acumulando la tensión que todavía no llegó del todo a los precios. En Bolivia, esa tensión se manifestó primero en la pérdida de reservas y en la creciente carga asumida por el Banco Central. Esa fue la señal temprana de que la estabilidad monetaria ya no descansaba sobre fundamentos holgados, sino sobre márgenes cada vez más estrechos.

P
Compartir
SECTOR MONETARIO
Retrato de Oscar Mario Tomianovic
Oscar Mario Tomianovic Economista e investigador

Investigación y análisis independiente sobre economía y políticas públicas en Bolivia.

Ver todo lo que ha publicado →