La juventud boliviana está cada vez más conectada. Según datos del Banco Mundial, el porcentaje de jóvenes que usa internet pasó de 39,7% en 2016 a 79,7% en 2024. A su vez, información del INE muestra que, entre los jóvenes que usan internet, 86,6% lo hace diariamente. Esto revela una transformación profunda en la vida cotidiana de los jóvenes: estudiar, informarse, comunicarse, buscar oportunidades, capacitarse e incluso generar ingresos depende cada vez más de la conectividad.
Pero el dato también obliga a una advertencia. Conectividad no es lo mismo que empleabilidad. Usar internet todos los días no significa necesariamente dominar herramientas digitales productivas, tener habilidades demandadas por empresas o acceder a empleos mejor remunerados. La paradoja es clara: Bolivia tiene una juventud cada vez más conectada, pero todavía inserta en un mercado laboral marcado por informalidad, subocupación e ingresos reducidos. La pregunta central, entonces, no es solamente cuántos jóvenes usan internet, sino cuántos pueden convertir ese acceso en capacidades económicas reales.
El gráfico muestra que el uso de internet entre jóvenes prácticamente se duplicó entre 2016 y 2024. Esto supone una generación más conectada, pero también más dependiente de infraestructura digital, calidad del servicio y habilidades tecnológicas para estudiar, trabajar y generar ingresos.
La brecha ya no es solo de acceso
Durante años, la discusión digital estuvo concentrada en el acceso: quién tiene internet y quién no. Ese debate sigue siendo relevante, especialmente en zonas rurales, hogares de bajos ingresos y regiones con mala infraestructura. Sin embargo, cuando una proporción creciente de jóvenes ya usa internet, aparece una segunda brecha: la que separa el uso cotidiano del uso productivo.
Un joven puede conectarse todos los días y, aun así, no saber utilizar hojas de cálculo, plataformas de gestión, herramientas de productividad, comercio digital, análisis básico de datos, programación inicial, diseño, marketing digital o inteligencia artificial aplicada al trabajo. Puede consumir información, comunicarse y participar en redes sociales, pero no necesariamente transformar esa conexión en una ventaja laboral.
La evidencia internacional apunta en esa dirección. Las habilidades digitales se asocian con mejores condiciones de empleabilidad, pero su impacto depende de la calidad de la formación, la certificación y la existencia de oportunidades laborales concretas. Livingstone, Mascheroni y Stoilova (2021), en una revisión sistemática sobre habilidades digitales y bienestar juvenil, muestran que los beneficios de adquirir competencias digitales no son automáticos: dependen de las condiciones sociales, educativas y tecnológicas que permiten convertir esas habilidades en oportunidades. Picatoste, Pérez-Ortiz y Ruesga-Benito (2018) también vinculan las competencias TIC con la empleabilidad juvenil, pero enfatizan que el sistema educativo debe adaptarse a los cambios tecnológicos y productivos.
Esto es importante para Bolivia. El problema no es únicamente que los jóvenes entren a internet. En gran medida, ya entraron. El problema es que buena parte de ese uso puede quedarse en consumo digital de bajo retorno si no existen programas de formación, certificaciones útiles y un aparato productivo capaz de demandar esas competencias.
El gráfico muestra que 86,6% de los jóvenes usuarios de internet se conecta diariamente. Esto confirma que internet ya es parte de la vida cotidiana juvenil, pero también plantea una exigencia de política pública: convertir esa conexión en capital humano, empleabilidad y productividad.
El desafío global del empleo joven
El problema no es exclusivo de Bolivia. En muchos países, los jóvenes enfrentan una transición difícil entre educación y trabajo. Suelen tener menos experiencia, menores redes laborales, menor poder de negociación y mayor exposición a empleos temporales, informales o de baja calidad. Por eso, la empleabilidad juvenil no depende solamente de “capacitar más”, sino de conectar formación, experiencia, certificación e inserción laboral.
La evidencia sobre programas de empleo juvenil es clara en este punto. Kluve et al. (2019), en una revisión cuantitativa de programas de empleo para jóvenes, encuentran que estos pueden mejorar resultados laborales, pero sus efectos promedio son modestos y heterogéneos. Los programas funcionan mejor cuando están bien focalizados, tienen calidad, se conectan con empleadores y responden a restricciones reales del mercado laboral. En cambio, las intervenciones genéricas, desconectadas del sector productivo o sin evaluación tienden a producir resultados débiles.
Algo similar ocurre con las habilidades digitales. Khan, Sarwar, Chen y Khan (2022) sostienen que la alfabetización digital debe conectarse con las demandas de la fuerza laboral del siglo XXI. Alao y Brink (2022), al analizar habilidades TIC y empleabilidad juvenil, muestran que las competencias digitales pueden fortalecer la preparación laboral, pero dependen de la calidad educativa y de su articulación con oportunidades reales. Kee et al. (2023) también encuentran que la calidad del curso y la percepción de utilidad influyen en la empleabilidad percibida de los jóvenes.
La lección es directa: la política pública no debe limitarse a repartir cursos ni producir certificados sin valor. Debe construir rutas de empleabilidad.
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Implicaciones para Bolivia
En Bolivia, la conectividad juvenil avanza en un mercado laboral que todavía no logra absorber adecuadamente a los jóvenes. La informalidad laboral general supera el 80% durante todo el periodo reciente y alcanza 87,05% en el primer trimestre de 2026. Además, el ingreso laboral mensual promedio de los jóvenes con salario es de Bs. 1.965, y 73,9% gana menos de Bs. 2.500. Es decir, la juventud está más conectada, pero no necesariamente mejor remunerada.
Esta distancia entre conectividad e ingresos revela una falla estructural. Bolivia no está convirtiendo suficientemente el acceso digital juvenil en productividad. Para hacerlo, se requiere una agenda mucho más concreta que la simple expansión del internet. Se necesita formación digital útil, certificable, orientada a demanda laboral y vinculada con empresas, universidades, institutos técnicos, plataformas y sectores productivos.
Una agenda subsidiaria debería concentrarse en cuatro líneas.
Primero, certificaciones digitales cortas y verificables. No se necesitan únicamente carreras largas, sino módulos específicos en habilidades demandadas: ofimática avanzada, análisis básico de datos, comercio digital, marketing digital, gestión de plataformas, herramientas de inteligencia artificial, programación inicial, ciberseguridad básica e inglés aplicado a servicios.
Segundo, información pública sobre habilidades demandadas. Los jóvenes necesitan saber qué competencias tienen retorno laboral, qué sectores contratan, qué programas muestran mejores resultados y qué trayectorias permiten mejorar ingresos. El Estado puede producir y transparentar esa información sin sustituir al mercado laboral.
Tercero, alianzas con el sector privado. La formación digital debe diseñarse con empleadores reales. Las empresas, cámaras empresariales, universidades, institutos técnicos y plataformas pueden identificar mejor qué habilidades se necesitan y qué estándares son reconocibles. El Estado puede coordinar, certificar y evaluar, pero la demanda debe venir del aparato productivo.
Cuarto, evaluación de resultados. Todo programa debe medirse por inserción laboral, mejora de ingresos, continuidad formativa o generación de emprendimientos sostenibles. Si un curso no mejora oportunidades, debe corregirse o cerrarse. En materia juvenil, gastar más no siempre significa ayudar más.
Conclusión
Bolivia tiene una oportunidad demográfica y digital. Cuenta con una generación joven mucho más conectada que hace una década. Pero esa oportunidad puede desperdiciarse si la conectividad se queda en consumo, entretenimiento o certificados de bajo valor. El desafío no es celebrar que los jóvenes usen internet. El desafío es que puedan convertir esa conexión en habilidades, productividad, empleo formal e ingresos.
La juventud boliviana no necesita solamente más acceso digital. Necesita que ese acceso se transforme en capital humano. Y para eso, la política pública debe dejar de pensar en conectividad como fin en sí mismo y empezar a verla como una plataforma para la empleabilidad, la formalización y la movilidad social.
Referencias bibliográficas
Alao, A., & Brink, R. (2022). Strategies for using ICT skills in educational systems for sustainable youth employability in South Africa. Sustainability.
Instituto Nacional de Estadística. (2024). Frecuencia de uso de internet en jóvenes de 15 a 24 años. INE.
Instituto Nacional de Estadística. (2026). Indicadores laborales: desocupación, subocupación, informalidad e ingresos laborales. INE.
Kee, D. M. H., Anwar, A., Shern, L. W., & Gwee, S. L. (2023). Course quality and perceived employability of Malaysian youth: The mediating role of course effectiveness and satisfaction. Education and Information Technologies, 28, 13805-13822.
Khan, N., Sarwar, A., Chen, T. B., & Khan, S. (2022). Connecting digital literacy in higher education to the 21st century workforce. Knowledge Management & E-Learning: An International Journal.
Kluve, J., Puerto, S., Robalino, D., Romero, J. M., Rother, F., Stöterau, J., Weidenkaff, F., & Witte, M. (2019). Do youth employment programs improve labor market outcomes? A quantitative review. World Development, 114, 237-253.
Livingstone, S., Mascheroni, G., & Stoilova, M. (2021). The outcomes of gaining digital skills for young people’s lives and wellbeing: A systematic evidence review. New Media & Society, 25, 1176-1202.
Picatoste, J., Pérez-Ortiz, L., & Ruesga-Benito, S. M. (2018). A new educational pattern in response to new technologies and sustainable development: Enlightening ICT skills for youth employability in the European Union. Telematics and Informatics, 35, 1031-1038.
World Bank. (2024). World Development Indicators: Individuals using the Internet. World Bank.