Hace unos días el Ministerio de Economía nos informaba que, para enero, Bolivia cerraba el mes con un superávit fiscal de 2.300 millones de bolivianos, equivalente a 0,5% del PIB nacional. Esto contrastaría con la situación de hace un año, cuando en enero de 2025 se cerró con un déficit de 664 millones de bolivianos.
Lo primero que hay que mencionar es que un dato de superávit es, en la mayoría de los casos, una buena noticia. Significa que las presiones de gasto y el esfuerzo recaudatorio estuvieron bien matizadas. Esto reduce la necesidad de financiamiento y contiene el influjo de la deuda creciente. En otras palabras, el superávit se traduce en menor necesidad de endeudamiento o, en el mejor de los casos, amortización de deuda existente. De este modo, si el Tesoro General de la Nación tenía previsto emitir una cantidad X de bonos para cubrir un presupuesto de otro modo deficitario, ahora deberá moderar ese comportamiento ante la menor necesidad de recursos con los cuales cerrar el agujero presupuestario. Todo esto al tiempo que, idealmente, se van cancelando obligaciones que se tuvieran en moneda nacional.
Ahora bien, a partir de esta noticia positiva se han extrapolado una serie de conclusiones equivocadas o, como mínimo, engañosas. El propio Ministerio de Economía fue parte de esta corriente, al asegurar que estábamos ante un desempeño “que no se observaba desde hace varios años y que incluso supera las proyecciones más optimistas”.
El análisis económico requiere que el investigador no se detenga ante el dato aislado, pues siempre corre el riesgo de perderse una imagen mucho más grande. Así como la ausencia de datos es en sí misma un dato, un solo dato no puede ser más que eso, un dato. Es a partir de esta realidad que los economistas han sugerido realizar pruebas puntuales para identificar mejor tendencias y comprender el origen de valores que, de primeras, pueden parecer atípicos.
Si realizamos este ejercicio con las finanzas públicas, encontraremos lo que se conoce como series estacionales. Se observan patrones marcados en determinados meses, uno de los cuales es que el déficit se dispara en diciembre. La razón económica detrás de ello puede deberse a que las entidades públicas y gobiernos autonómicos se apresuran a ejecutar la mayor parte de su presupuesto, sumado a que en diciembre se cancelan los aguinaldos y otras obligaciones del Estado.
Precisamente una de las principales tendencias que se pueden observar en el gráfico es que, en el mes de enero, es frecuente observar un déficit más pequeño e, incluso, casos de superávit. En concreto, encontramos que en los meses de enero de los años 2020-2024 se registraron superávits, algunos más pronunciados que otros, pero presentes. Recién en el año 2025 se presenta, como observó el Ministerio de Economía, un déficit de 849 millones de bolivianos. Luego, la afirmación de que nos encontramos ante un dato que no se observaba hace varios años es, simplemente, incorrecta.
La razón de ello también puede explicarse por motivos similares a los que el déficit se acumula en diciembre, pero en sentido contrario, a saber: En enero la administración pública está realizando ajustes a su presupuesto y, en algunos casos, no ha recibido una parte significativa de sus respectivas transferencias, lo que retrasa la ejecución. Esta mayor fricción se traduce, a su vez, en menor gasto, lo que jala para abajo las presiones deficitarias y nos deja eneros con datos positivos desde el punto de vista de las finanzas públicas.
La historia se acerca más a la narrativa del Ministerio de Economía si, en lugar de centrarnos en datos mensuales, pasamos a datos trimestrales. Si en el anterior párrafo mencionábamos que, por motivos de estacionalidad, en enero se suele transferir menos, esta tendencia se corrige en los meses de febrero y marzo, donde la situación se normaliza. Así, es esperable que los datos del primer trimestre del mismo periodo muestren, nuevamente, una tendencia deficitaria más pronunciada. Las excepciones son los años 2022 y 2023, donde se cerraron los tres primeros meses del año con superávits del 2,11% y 0,82% del PIB, respectivamente.
La incógnita que permanece en el aire es si este dato puntual de enero podrá ser sostenible en el tiempo. La respuesta no es del todo clara, pero puede uno anticiparse a que las tendencias perseverarán. Las razones son las siguientes: A pesar de que se ha realizado un ajuste más que significativo al reajustar el precio de los hidrocarburos, reduciendo el gasto fiscal en forma de subvenciones a los combustibles, la otra mitad del déficit continúa inafectada. Dado que el gasto en empresas públicas, mantenimiento de carreteras, así como un elevado gasto corriente en los diferentes niveles del Estado, el déficit continuará acumulándose a lo largo de los demás trimestres.
Después de todo, la meta anunciada por el ministro Espinoza es la de reducir el déficit a cerca del 7% del PIB para 2026, de modo que, eventualmente, los meses deficitarios empezarán a aparecer tarde o temprano en ausencia de mayores recortes del gasto público.
De este modo, la expectativa de mantener cuentas superavitarias hasta el mes de abril, como manifestó el ministro Espinoza, quedaría desancladas de la realidad del gasto público boliviano. Esto no quiere decir que repetir el dato del superávit de enero en los meses de febrero y marzo sea imposible, pero sí altamente improbable. En cualquier caso, la tarea por devolver la estabilidad macroeconómica no es algo fácil, y estas primeras señales positivas deben recibirse con buenos ojos, sí, pero también con prudencia.